AL HOMBRE QUE FUE MI HERMANO

AL HOMBRE QUE FUE MI HERMANO


Estoy seguro que veras esto. Habrá el día en que sin pensarlo o aun pensándolo, en algún momento de esta eternidad galopante y presurosa.  Arribaras frustrado a este puerto y buscaras ansioso entre la podredumbre, el barro y la arena, la amarra que se rompió y dejo a la deriva la barca en la que vos y yo,  vimos la luz del día. Y aunque esto solo sea poesía, aun sin el hábito de leer, te anclaras en la lectura de este trozo y entenderás cuando naufragues solo en el mar o en algún pozo,  el valor de navegar con compañía. El valor de un abrazo que te arrope, que cubra tus brazos desnudos del frío de la madrugada, y tu cabeza de los rayos del sol a mediodía. 

Cuanto amé tu calor,  y hago mías las palabras de Salomón.  Ame tu amor, más que el amor de las mujeres. Porque entendí el valor de mi palabra de honor.  Y la anchura de una frente erguida y digna. Vos y yo,  equivocamos el concepto. Equivocamos la idea, después que nuestra red se rompió de tantos peces. Muchas veces.  Y en señal de lealtad nos chocábamos las manos y los puños,  y me abrazaste como a tu hermano y yo te quise como mío bajo el sol furioso y agobiante. Surfeamos las olas que nos embestían y en las tempestades coleccionamos rayos y truenos.  Comiste de mi pescado y yo me calenté con tu fuego a la orilla del lago. No hay recuerdo más grato que evocar lo insensato que éramos. Pescando con redes ajenas y rompiéndolas con la sal de las aguas. Porque vos y yo queríamos peces.  Anhelábamos también  una barca pero nadie apostaba por nuestros  intereses.  Así que debíamos esforzarnos.  Llegar al mercado y venderles a los ricos nuestros sueños guardados en las velas del viento. Venderles a los pobres las sardinas de nuestra miseria y seguir. Seguir bajo las estrellas la misma estela de humo para ayudar a que los nuestros no fueran pescadores fracasados ni miserables.

Y así se fueron pasando los años de disfrute. Las redes envejecieron y el mar se corrió más hacia el norte. El mástil se quebró y se hundió la barca para siempre y por siempre. Ahora vos,  ahora yo,  tendríamos que ir por caminos distintos.

Y así sucedió. Cada quien trazo su norte. Como dijiste hace poco,  yo era un filósofo de la libertad y vos un hombre capitalizado al servicio del fuerte, del pudiente. Yo también, pero diferente a vos en pensamiento y acción. Vos querías seguir siendo esclavo del sistema y por eso despectivamente me tachaste de mamerto. Tu mentalidad de pobre se bastaba con recibir mísera paga.  Y pensabas que tenías poder.  ¡Ah,  pero que equivocado estabas! -Hay que aceptarlo. El rico le trabaja al pobre y que más queda-. Me dijiste un día. Yo también tenía mentalidad de pobre, pero con la diferencia de no conformarme con el orín de otros y cambiar.  Soñaba girar a babor o a estribor, o a donde sea. Pero no estancarme como bote en laguneta. El mar es ancho.  Excita su vastedad.  Porque no ir. Porque quedarse sentado.  Y pensé que teníamos la mejor empresa cuando me dijiste un día. Vos sos bueno para armar barcos,  yo para dirigirlos.

¡Seré capitán! ¡Ah majagranzas!

Fue el comienzo del huracán que un tiempo ulterior,  nos hizo pedazos. Nos separamos un tiempo y cada uno descubrió su propio continente. Nos hicimos parte de una tripulación y descubrimos mares y horizontes. Vos  tenías fama de haber descubierto hasta sirenas. A quienes supuestamente disfrutabas o "mancillabas" en tu camarote.  Y la tripulación te amaba,  parecía que darían la vida por vos. Te  prestaban sus redes y vos a ellos.  Sin embargo. El día que el capitán decidió deshacerse de vos.  Ninguno hizo nada por ayudarte.  Te abandonaron en aquellos lares donde también  había sido abandonado yo.  Con la misma historia detrás.  Solo que yo no capturaba sirenas. Vos y yo en aquel paraje, debíamos  correr a la playa cada vez que escuchábamos el pregón de algún barco, para ofrecernos  como tripulación y prestar nuestros servicios.  Pero un día coincidimos a la orilla del mar. Vos ya tenias un barco a tu disposición,  yo las ganas de navegar. Y me dijiste ¡oye amigo, Sube! -Te  conozco, vamos. Hay un cerdo a bordo,  lo echaré al mar y vendrás conmigo. Como aquellos lejanos tiempos. Y echaste al mar al cerdo  porque tenías poder.  Y me lanzaste la soga.  Y dijimos adiós a la playa de la juventud, con mucha emoción y sueños, y con algunos años más en la proa.

 Y dijiste ¡Cuatro grados a Babor! Y nadie actúo ¡nadie! Ni siquiera yo.  Porque aún no entendía que a bordo tú eras dios y yo, yo era yo. Un simple  mortal que se equivocó de mar y de barco.  Y entendí ese día que vos ya no eras un pescador. Eras dios, eras dios y eso me dolió en el corazón. Un día use una nube de almohada y te disgustaste porque a esa nube,  vos le habías puesto nombre y la habías creado.  Entonces en vez de ser tu amigo,  tu hermano o que se yo.  Vine a ser tu esclavo. Y el mar embravecido gritaba sus furias.  Y me gritabas también vos,  ¡Calma esa mar!  Y yo te respondía ¡enséñame a hacerlo!  Y volvías a gritar ¡vos no sos un niño para pedir un ejemplo! ¿Acaso no te das cuenta que ya sos un viejo? Pero no entendías que para exigir es necesario un testimonio hialino. Y anochecía el lino bajo las estrellas y amanecía con el horizonte y el mismo mar seguía bajo nosotros. Vos aunque profesabas ser un líder,  estabas lejos de eso.  Y sabes porque lo sé.  Porque lo vi. Te vi como un inepto siendo pervertido por el poder que creías te habían conferido.

Y me pregunte un día.  ¿Qué hacemos en el mar si no estamos atrapando peces? ¿Qué hacemos si no echamos las redes?

Te busque  y te dije,  hermano deberíamos pescar,  y me callaste de un escupitajo. ¡Hermano!,  sobre este barco,  yo soy el capitán,  y debes respetarme.  Me debes respeto.  No debes decirme que hacer,  aquí yo doy las órdenes. Si quieres hablar tienes que anteceder que solo opinas. De hoy en adelante, me tienes que saludar. Porque soy dios, no me debes refutar.  Y mientras navegábamos sin norte. Un día descubriste en el barco a un "intruso". Entonces te acercaste y me dijiste al oído. "este intruso quiere ser capitán" y cuando lo sea,  te va a echar al mar y los mounstros marinos te van a devorar, y tus hijos van a sufrir.  Así que por amor a ellos te debes arrastrar, pero no tras de él,  sino tras de mí.  Tras mi atuendo  real. Te prometo que si termino ahogándolo.  Serás mi maestre. Te nombrare heredero de esta barca y yo me iré al cielo a una barca más grande. Abriste los  brazos y me dijiste ¡así de grande! Yo no sabía que me preparaba una tumba entre las olas,  estaba destinado a morirme a solas, así que pensé no decir nada ni actuar para no terminar con la suerte del intruso. Y te inclinaste desde ese día a romperle sus redes,  a rasgar sus vestidos, a tomarte su vino.  Lo desesperaste hasta que quiso vengarse.  Por ese tiempo descanse de mi agobio, tu odio hacia el te hizo quererme a mí un poco,  eso era obvio. Y por fin lograste echarlo.  Te quejaste con los dueños del mar y Poseidón llego con la fuerza de un dragón y de un soplo venció  al pequeño pez que Capitán dios no pudo vencer.  Lo vencieron por vos y vos celebraste. Cuarenta días y cuarenta noches hiciste fiesta y yo,  yo te miraba,  pero te cansaste  por el día veinte y entonces le reclamaste a Poseidón,  ¡Poseidón,  no ves que soy dios,  mándame a otro intruso, solo que esta vez no sea pez,  que sea caracol!  Y poseído te cumplió hasta que quiso. Para ese tiempo las amarras de tu barca se rompían una por una. Las velas ya rotas dejaban colar el viento del sur y no avanzábamos. Y la luna.  La luna se  creía estrella entre las estrellas,  pero solo era otro planeta brillando con luz ajena. Qué triste episodio pensé. Pero debo seguir. Me levantaba por las mañanas para escuchar tu sermón cristiano que te servía únicamente de corbata porque el corazón, el corazón lo tenias y aun lo tenés podrido, paralizado con tanto odio y psicosis.  Solo con recordarlo me da mal de alipori.
Pero el caracol crecía,  y tenías que evitarlo. De nuevo visitaste mi rincón me dijiste  al oído. ¡Este caracol,  es menudo idiota!  Lo pondré a lamberme las bolas.

¡Oye caracol! ¡Ven, ráscame las pelotas!

Y el caracol iba,  te lambia las pelotas y te rascaba las bolas. ¡Caracol inútil, te dije que me rascaras las pelotas no lambérmelas! Le imprecabas y el intruso con aporía y algo iluso,  volvía a intentarlo.  Por el momento yo era tu marioneta mil usos.  Tenía que inventarte una ola que trajera peces por sí sola. Una red que no había que lanzarla al mar para pescar ballenas. Y de paso, limpiarte el culo con la lengua. Y de vez en cuando servirte de escalera para recibir el aplauso del  pendejo caracol  que no entendía ni porque llevaba su casa a cuestas. Mucho menos que hacía en una barca tan grande si él había nacido para ser un nesciente paupérrimo,  comiendo bacterias en la piel de los tiburones,  cangrejos y conchas, según tus propias peyorativas, según tu concepción de dios.  Entonces comenzó la odisea.  Llegaste un día y me dijiste ¡Hey, esclavo!  ¿Porque no hay pescado,  porque no has echado las redes? ¿Qué haces tanto con esa brújula incoherente? Solo yo puedo estar viendo la brújula, Solo yo puedo idiotizarme con ella. Aunque a mí me servía para ver el norte, vos solo lo querías para ver como giraban las agujas y que podía hacer yo. Así eras de idiota.  ¡Hazme caso esclavo,  o invocare a Poseidón para que de un pedo te aniquile! ¡Ya sabes que soy dios y tengo privilegios en este mar!, me gritabas constantemente.  ¡Hey esclavo!,  ¡tráeme esa red,  veré si cazo gaviotas! , y yo te decía, hermano,  creó que te equivocas. ¡Cállate,  tú eres nadie para ver mis errores, solo Poseidón puede verlos, así como yo no puedo ver los errores de Poseidón, tú no tienes porque ver los míos!  Pero a Poseidón le importaba un carajo tu existencia. Tenía cientos de mares por qué preocuparse. Mares que se enchian de peces. Y de todo tipo de fruto y cosecha. Estaba preocupado en hacer más grande la anchura del mar en la que navegabas sin rumbo. Otros barcos merecían su atención. Tu barca,  era una minúscula porquería a comparación de otras.  Y vos te dabas cuenta. Pero no querías aceptarlo. Y yo te lo decía pero vos no querías escucharme. ¡Y ya no me digas hermano, ahora dime El Capitán dios!  Póstrate y adórame. Y como no lo hice,  te fuiste lloriqueando sobre el mar que hasta ahora no entiendo como lo hiciste. Y le dijiste a Poseidón que yo estaba planeando robarme los peces,  que quería ponerles a los tiburones una especie de disfraz pirata. Que estaba vulnerando el sistema,  que pensaba construir barcos con ballenas. Le dijiste que yo, no obedecía tus reglas. Que me la pasaba viendo la brújula y no hacia mi trabajo. Que me dormía sobre el timón. Que estaba tratando de destruir el barco.  Y un barril de mentiras.  ¡Ah pero que baldragas! No podías ver mas allá de tu nariz solo porque no era más larga ¿Acaso ignoro las veces que te descubrí babeando sobre el timón? Y aun así te atreviste a graduarte de sicofanta. La única verdad de todo aquello era que vos querías ser dios y para mí no lo eras. Seguías siendo un pescador.  Más pescador que yo,  porque yo sabía armar barcos y vos dirigirlos.  Pero eso pensabas vos. Sin embargo te equivocabas.

Entonces de repente llego el huracán. Y era fuerte.  Azotaba,  ignoraba. Los tiburones se creían aves y me daba risa porque vos creías que era imposible. Según tu mente pequeña. Su poder era tan fuerte que a Capitán dios le dio miedo.  Temblaba como niña. Entonces decidí pensar  como grande y jugar mi juego.  No el del huracán. Sino el mío.  No el de Capitán dios, sino el mío. Y el huracán me tuvo miedo.  Porque yo sabía entretenerme dentro de él.
Vos mirabas el truco y abrías la boca de idiota mundial y juro que podías matarme si no te daba el secreto. El caracol me insistió también. ¡Hey esclavo,  muéstrame el secreto! Y yo le decía. El secreto no impresiona a nadie. El truco los deja pendejos.

Eso lo aprendí  de un buen mago en mis andadas sobre otros mares,  entre otras redes.  Con otro tipo de peces. Yo se que un día reconociste que a pesar que te creías dios de sangre noble  y tenías poder para ser mejor y no ser el mejor idiota, el esclavo era mejor que vos,  y ni era dios,  solo un pescador como vos.

Entonces en el huracán.  Aprovechaste cobarde echarme al mar ¡Callón! Renunciaste al amor que te tuve.  Le dijiste adiós a la libertad  que predique.  Querías seguir capitalizándote,  te creías Capitán dios,  pero no eras más que un simple grano de arroz en toda la alacena de Poseidón. No era nuestro mar,  ni siquiera nuestra barca. Ni tu mar,  ni tu barca. Y no pensaste en ello.

Y me dejaste morir.  Grite tu nombre.  ¡Hermano! ¡Hermano!  Y ni quisiste escuchar mi voz.  El caracol quiso ayudarme pero tristemente no tenía manos ni pies para salvarme. Vos me diste la espalda.  Me abandonaste, por creerte superior. Porque creías merecer glorias y no eras más que otro retrograda pensando en diplomas. Y yo tuve que nadar desde lejos para llegar a puerto seguro.  A una tierra de libres. Donde un día hincaras tú ancla y vendrás a leer el libro. Ese libro que te escribo hoy con la historia de nuestra travesía. Yo estaré viejo, vos también.  Habrás gastado tu vida en el mar,  con caracoles idiotas,  ballenas piratas, cangrejos ineptos y camarones. Sirviéndole al rico como soñabas, por no decirte proletario, pero ya lo dije. Y yo habré vivido feliz en mi orilla sin vos ni tu desquiciado aire de monarca y burgués de feria.  Con un oficio y con un par de libros buenos.  Una buena brújula y un par de hijos libres. Y vos, estarás ciego con una guitarra en la mano y sin quillotras. Entonces llegare  yo a tu espacio de aristócrata frustrado y en vez de darte tu respectiva caire.  Primero te daré una patada en el culo y luego un abrazo.  Y te diré.  Bienvenido Capitán dios, adiós,  Espero que la disfrutes.



Angel EC Chub






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